Viajando en bus por las caóticas calles limeñas, donde la bulla y el movimiento abundan en un baile sin compas, percibí como un punto en el espacio, una excepción de tal abrumante realidad: un perro blanco sin dueño algo parecido a un chihuahua, pequeño y con el hocico ñato, olía un pedazo de mierda en el suelo; tenía una expresión humana tan concentrada como si encontrará algún tipo de conocimiento en ella, tan quieto y absorto en su olisquear. Fue un eterno segundo para mí, parecía que en él se detenía el tiempo ajeno al caos que lo rodeaba.
